viernes, 20 de noviembre de 2015

Envidia

¿Conocéis la expresión “tener pájaros en la cabeza”? Pues en la suya todo eran cuervos. “Mírala, es tan guapa, a todos les gusta. A ti nunca te pasará eso”. “¿Ves a esos dos, la confianza que tienen, lo buenos amigos que son? Tu jamás tendrás algo así”. “Todos entienden esto menos tú, jamás llegarás a nada. Jajaja, eres tan estúpida”. Cada día, cada hora, cada maldito segundo; esas asquerosas voces siempre estaban ahí. Ella trataba de espantarlas con todas sus fuerzas, luchaba contra ellas como nunca había luchado, pero era inútil. Era como un caballero sin espada luchando contra un dragón a base de escupitajos. Ni siquiera David habría ganado a su Goliat.

Aunque lo peor llegaba a la hora de mirarse al espejo, cuando se veía desnuda ante ese cristal endemoniado antes de entrar a la ducha. “Mírate: Gorda. Y ni siquiera haces nada por remediarlo. ¿Cómo va a quererte nadie con ese cuerpo? Y mira tu cara, por dios. ¿De verdad crees que a alguien puedes gustarle? Hazle un favor al mundo y no salgas de casa, nadie quiere verte”.
Ella sólo deseaba ser como las demás, nunca había querido algo con tanta fuerza; ser guapa, delgada, simpática, sociable. Ser una persona a la que recurrir, una persona en la que alguien, quien fuera, confiara por una vez. Pero no lo era, y jamás lo sería.

Muchas veces observaba las marcas en sus muñecas, pensando si tal vez esa era la mejor solución. Sabía que no lo era, que tenía que luchar, pero la lucha se hacía tan agotadora… No sabía que más hacer, no sabía cómo luchar, ni siquiera a quien recurrir. Necesitaba alguien en quien apoyarse; pero, como siempre había sido, estaba sola. Parecía que estaba predestinada a ello, que en el mismo momento en que nació alguna clase de dios maligno decidió concederle el don la maldición de espantar a todo aquel que pasaba por su lado.


Y, ¿sabéis? Nada le aterraba más que la soledad.

Cosa de niños

Supongo que el amor es volver a ser un niño. Al fin y al cabo, ¿qué hay más puro y sincero que el amor de un niño?

Es olvidar, junto a otra persona, el daño que nos ha hecho el paso de los años, ese daño que algunos llaman madurar. Es permitirse ser feliz, sin peros ni excusas. Es sonreír a los desconocidos por la calle, y que te miren extrañados pensando "pero que le pasa a esa loca". Es canturrear, saltar, bailar, ser tu mismo, y hacer el idiota todo lo que te de la gana. Es eliminar los prejuicios, y olvidar el 'que dirán'. Es que sólo te importe reír hasta no poder respirar, hasta que las lágrimas se escapen de tus ojos; las lágrimas más bonitas que verás jamás. Es, simplemente, ser feliz (a su lado).

Es volver a ser un niño, pero esta vez sin ganas de crecer. Es reír, querer, amar.







Vivir.