¿Conocéis la expresión “tener pájaros en la cabeza”? Pues en
la suya todo eran cuervos. “Mírala, es
tan guapa, a todos les gusta. A ti nunca te pasará eso”. “¿Ves a esos dos, la confianza que tienen, lo
buenos amigos que son? Tu jamás tendrás algo así”. “Todos entienden esto menos tú, jamás llegarás a nada. Jajaja, eres tan
estúpida”. Cada día, cada hora, cada maldito
segundo; esas asquerosas voces siempre estaban ahí. Ella trataba de espantarlas
con todas sus fuerzas, luchaba contra ellas como nunca había luchado, pero era
inútil. Era como un caballero sin espada luchando contra un dragón a base de
escupitajos. Ni siquiera David habría ganado a su Goliat.
Aunque lo peor llegaba a la hora de mirarse al espejo,
cuando se veía desnuda ante ese cristal endemoniado antes de entrar a la ducha.
“Mírate: Gorda. Y ni siquiera haces nada
por remediarlo. ¿Cómo va a quererte nadie con ese cuerpo? Y mira tu cara, por
dios. ¿De verdad crees que a alguien puedes gustarle? Hazle un favor al mundo y
no salgas de casa, nadie quiere verte”.
Ella sólo deseaba ser como las demás, nunca había querido
algo con tanta fuerza; ser guapa, delgada, simpática, sociable. Ser una persona
a la que recurrir, una persona en la que alguien, quien fuera, confiara por una vez. Pero no lo era, y jamás lo sería.
Muchas veces observaba las marcas en sus muñecas, pensando
si tal vez esa era la mejor solución. Sabía que no lo era, que tenía que
luchar, pero la lucha se hacía tan agotadora… No sabía que más hacer, no sabía cómo
luchar, ni siquiera a quien recurrir. Necesitaba alguien en quien apoyarse; pero, como siempre había sido, estaba sola. Parecía
que estaba predestinada a ello, que en el mismo momento en que nació alguna
clase de dios maligno decidió concederle el don la maldición de espantar
a todo aquel que pasaba por su lado.
Y, ¿sabéis? Nada le aterraba más que la soledad.